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Carlos Monsivás - El vigor de la agonía: La ciudad de México en los albores del siglo XXI (II)

continuación... 

II. La ciudad tolerante

"Nomás me di cuenta de lo que se trataba, me dije: o le partes la madre a ese pervertido o te resignas a la amplitud de criterio"

Hasta 1970, aproximadamente, la ciudad de México (autoridades y gente de pro) desconoce la tolerancia y actúa represivamente contra prostitutas, sodomitas, mendigos, disidentes políticos, libertinos, seres ansiosos de divertirse, mujeres solas... para ser breve: la Ciudad no soporta los mínimos intentos libertarios. La Ciudad (léase autoridades civiles y eclesiásticas en pacto no tan secreto, al que confirma el aplauso de la ciudadanía) reprime sin conciencia alguna de culpa: redadas de homosexuales, redadas de limosneros y prostitutas antes de la llegada de Visitantes Ilustres, atropellos policíacos interminables so pretexto de "ofensas a la moral y las buenas costumbres", aplicación férrea de la censura en los espectáculos (teatro de variedades, teatro, cine). En suma, el respeto a los códigos de comportamiento del siglo XIX, y la vigilancia de los eternos menores de edad, queda a cargo de los "asaltantes a nombre de la Ley" y los criterios parroquiales.

De manera paulatina, se organiza la resistencia a la visión patriarcal de las libertades ciudadanas. Una vanguardia de intelectuales y artistas protesta contra la censura, ya en retirada en la década de 1970. Lo más relevante de estas movilizaciones es la utilización de las leyes, para empezar de la Constitución de la República que, por increíble que parezca, es "el Caballo de Troya" en materia de liberalización de las costumbres. Y la causa principal del éxito contra el conservadurismo es la demografía en ascenso, cuyo impulso deshace casi todos los prejuicios.

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Al fondo: Fernand Léger- Composición Cobertura: Dibujo de Picasso - colección particular-Paris

En materia de vida cotidiana, hasta 1920 la derecha controla la ciudad y las parroquias realizan el inventario de las tradiciones y su acatamiento. Luego, la secularización se vigoriza y, además, es imposible fiscalizar a la sociedad que se diversifica. ¿Cómo evitar, por ejemplo, la indiferencia en el Metro ante los atavíos, los ligues y el frotadero de cuerpos? La demanda de libertades revela el carpe diem, la gana de apoderarse del instante, que no suele ser casto. Los controles antiguos se desvanecen al no existir la policía o el registro confesional que vigilen el comportamiento de tantos.

En su pecado, la derecha confesional lleva la penitencia. Durante siglos reprimió laboriosamente las vidas a su encomienda, y al menos en la apariencia, logró la interiorización colectiva de los dogmas. "Soy, por falta de alternativas, lo que digo ser. Obedezco porque no puedo hacer otra cosa. La hipocresía es el espacio de tolerancia que me concedo a mí mismo." De pronto, ya cada uno ignora la conducta de los vecinos, y no influyen las condenas de los adulterios o de los "actos equívocos". Sin todo el público a su favor, el moralismo extremo va muriendo de soledad. La minoría a cargo de la censura y el hostigamiento a los pecadores desiste de su afán de rectificar las conductas erróneas, y quiere establecer su ventaja moral (o social más bien) sobre los "pobres de espíritu" (su lema: "En el lecho abierto, toca a los justos imponer la castidad").

Al comprobar su fuerza poblacional —tal vez en 1970, o cerca de esa fecha—, la ciudad de México no renuncia al sentido moral (tan escaso siempre), sino a las ceremonias de la hipocresía. Si algo es propio de las metrópolis, y de la que se ufana de ser la más poblada del mundo, son las transformaciones en serie. En rigor, el debate actual no es sobre moral sino sobre la hipocresía que busca representarla y que lanza su catálogo de prohibiciones: no al divorcio, no al condón, no al acto sexual sin fines reproductivos, no al habla sexual explícita, no al adulterio, no a la homosexualidad, no a los desnudos en teatro y cine, no al travestismo en televisión, no a las "audacias temáticas" en cine y teatro; en síntesis, no a la modernidad.

¿Y qué es lo que verdaderamente sucede? El gran control del comportamiento no es el criterio moral sino el miedo a la violencia delincuencial, que a la hora de los espectáculos nocturnos retiene en su casa a la mayoría. Pero sin competir con Amsterdam o con Nueva York, la ciudad de México ya abunda en libertades impensables todavía en 1970. Florece la vida gay, con discotecas, restaurantes, teatros, una librería, una zona de la ciudad (la colonia Condesa) como polo de desarrollo, veladas por los muertos de sida y la celebración anual de la Marcha del Orgullo, de la Semana Cultural Lésbico-Gay. El desnudo en teatro y cine es un derecho irrefutable, y, no sin dificultades acrecentadas por el temor al sida, los shows de "sexo en vivo" continúan. Y la diversidad es la señal de las libertades legales y legítimas antes prohibidas por los prejuicios.

III. ¿A qué suena la ciudad?

"¿Qué le vamos a tocar, mi jefe?"

Un organillo toca Amor perdido y la nostalgia se instala, la de quienes gozaron en mejores épocas de la canción del puertorriqueño Pedro Flores y la de quienes, al oírla, vislumbran a sus ancestros, esa pareja que se vuelve la comunidad entera. Y el organillo —especie en extinción— emblematiza la época abolida por la alta tecnología.

El conjunto veracruzano insiste en su repertorio de sones y los oyentes se acuerdan de la tierra natal o de la ausencia de tierra natal, porque si uno es de la ciudad de México, en lo que a pertenencias entrañables toca, nació en ningún lado. Por más esfuerzos que se hagan, una colonia capitalina no es un pueblo, así se escuche allí a los músicos de los viejos instrumentos, más apreciados con el tiempo porque son menos las personas que comparten los recuerdos. El dúo entona: "Qué dicha es tenerte a ti, mi cielo", y en un segundo estamos ya en 1951 y el actor Pedrito Infante lleva serenata, y si los asistentes no disfrutaron de aquella época, de cualquier manera se apropian de su anacronismo, de otra manera no estarían aquí, ante la estampa costumbrista concentrada en el dúo que, de ser objeto, sería una consola de 1940. Hay voces que son el dibujo afantasmado de las antiguas potencias del volumen.

Que no haya reposo para el oído. La ciudad desborda trampas acústicas, fosos de complicidades románticas o regionales o posmodernas. La marimba se celebra a sí misma interpretando una canción de Agustín Lara: "Oye la marimba / cómo se cimbra / cuanto canta para ti." De un ghetto blaster se desprende la avalancha del technorock y el que no brinque es maricón. Pasan a un lado dos motocicletas de repartidores de pizza y el microbús se adueña de tres carriles al mismo tiempo, y los que victiman a las canciones queriendo interpretarlas, demandan esos primeros auxilios que son los oídos atentos. Curiosa o típicamente, la oferta de la calle insiste en el repertorio viejo y al oyente, al inmovilizarse en la acera, se afilia la memoria de la especie, la juventud se va, se va, es una y nada más.

En las calles céntricas, el acordeón presagia la onda grupera, ese híbrido del norte del país. El conjunto de cuerdas desafina con tal de acompañar a sus escuchas en el viaje desafinado por la vida, y en las esquinas se improvisan los malls del tráfico, qué se va a llevar patroncito, lléveselo barato antes de que se lo regalen, qué buen chiste ¿no?, que no le digan y que no le cuenten. En el restaurante, el flautista, impertérrito, acomete Perfidia, y el chantaje funciona: si la canción te gusta no te fijes en cómo la interpreto.

El trío se divide en fracciones irreconciliables a lo largo de la melodía, y el sax y la batería sumergen al borrachito en el danzón. Rumbo a la oficina, los burócratas se dejan hechizar por el grupo guapachoso, luego apresuran el paso porque bailar entre semana es ofender al Eterno. La orquestita quiere dar idea del colorido de la fiesta taurina ("Arte es que las bestias sufran"), el ciego o el minusválido entonan el corrido que describe la tragedia lejana y contigua, ella se fue con otro, él se fue tras ella y en eso estaban cuando a todos los tomó por sorpresa el asalto de Pancho Villa a Zacatecas. En las tardes de verano, el corrido es la historia dolorosa del héroe que murió por dormir la siesta.

"Si el tráfico está muy pesado, ni siquiera escucho mis propios pensamientos"

Remozada por el alborozo de los niños, la calle se colma de sonidos que se entremezclan, se oponen, se extravían, se integran. Inevitable recordar el diálogo de Juan Rulfo: "¿Y qué es ese ruido? / Es el silencio." A ciertas horas, digamos de las seis de la mañana a las nueve de la noche, arde en las calles la música involuntaria, la propia de los cláxons y los frenazos y los arrancones y las exclamaciones que integran una sola gigantesca mentada de madre.

Canija capital cabrona cábula y calamitosa, si puedes tú con Dios hablar persuádelo de que tu propósito no es ensordecerlo a las horas pico. El chavo con el walkman es Ulises con los tapones de cera que rehúsa el canto de las sirenas de la nostalgia. Las campanas suenan con fúnebre son y la ciudad elige la gravedad a su alcance, deshecha y rehecha por el paso del gentío, por la insistencia de los voceadores ("¡Extra! ¡Ayer hubo más muertos que antier!"), por el trepidar motorizado, por los ritmos de una ciudad capital que alberga o redistribuye a diario veinte millones de seres, o más, si la fertilidad no falla.

"¡Taxi! / Échele ojo, marchante / ¡Pásele, pásele! / Órale, no empuje / Una güerita para esta noche, mucha carne y luego luego / Oríllese a la orilla / Viene, viene, viene." Los pregones son legendarios, y usan de los ecos para informarnos: todavía vivimos en la misma ciudad que retumba o gime. Y la armónica y los violines y las guitarras y el saxo y las maracas y la flauta y el violín huasteco y la marimba y el salterio y el arpa jarocha y el serrucho (si aún queda) animan el desaliento: cómo saber a qué suena la ciudad de México, si se parece a un estallido nuclear o si materializa el ruidajo de todos los estómagos vacíos, o si musicaliza los deseos obscenos, o se resume en gritos la lucha por la existencia. En última instancia, en el paisaje acústico la excitación triunfa sobre los nervios destrozados.

¿Existe la conspiración del silencio? ¿Alguien conoce sitios alejados de las montañas decibélicas, refugios de paredes de corcho, condominios de lujo que resulten las celdas monacales del derroche?

Si le sigues diciendo "estrépito" te vas a deprimir, mejor dile "acústica inevitable"

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Al fondo: Al fondo: Henri Matisse-La tristeza del rey Cobertura: Dibujo de Picasso - colección particular-Paris

A la sinfonía deliberada responde la alharaca cósmica. Aquí ningún sonido se pospone, y las veinticuatro horas del día la ciudad es un río de motores al lado de los conductos auditivos. Los vendedores de camotes ahogan los atardeceres, la orquestita revive por aproximación la tarde maravillosa en que todas cumplieron quince años, y el jovenazo de la trompeta (sexagenario o septuagenario) se ciñe a la emoción de atraer una clientela cachonda. La ciudad se oye vieja y se oye nueva, al día de internet y milenaria como la canción El Faisán, del maestro Miguel Lerdo de Tejada (1900). El cantante callejero es un murmullo delator de las épocas anteriores al hip hop, el ska, el fudge, el rai, el new age. Y el mariachi vierte esa convocatoria a la Mexicanidad, el Son de la Negra, que excita a la comunidad imaginaria que de pronto da el salto gutural, localiza en las emociones la fuente de la juventud de la nación, ve agitarse en su garganta al México que no se fue, se lo llevaron. Ojos de papel volando, canta el mariachi, y en la Plaza Garibaldi o en el restaurante de políticos y burócratas menores, o en la velada cívica que celebra el cumpleaños del héroe muerto apenas hace 150 años, o en esa fantasía terminal que es el centro nocturno sin clientela, el mariachi nos devuelve lo arrebatado por la modernidad: la ilusión de fiesta sin tecnología.

La capital también suena a piedad, a fieles arrodillados en la penumbra, a gemidos de reconciliación. El murmullo devocional, si ya no el más frecuente, sí es uno de los más disciplinados, porque viene del alma que es leal y no de las gargantas, tan traicioneras. Si nos estás oyendo, Diosito o Virgencita, no te fijes en nuestras voces sino en la buena disposición del rostro contrito, en la aflicción de nuestro júbilo, en la hermosura de un coro donde nada más se escuchan las intenciones (esto no es un nuevo concepto de la música, sino el antiguo rito de la compensación: las intenciones nunca desafinan). Y el sonido religioso se defiende de la sirena de las patrullas, del voceo desde los automóviles de mercancías milagrosas, del vendaval de rezongos de cinco millones de usuarios del Metro, de un popurrí de Agustín Lara o de José Alfredo Jiménez, de El mariachi loco que bailan en el Eje Central músicos que son también acróbatas suicidas. Mientras eso pasa, los paseantes se someten a la melodía de los pleitos familiares y los rezos para que el empleo se aparezca ■

Dejame un postit! | Correo *** | Revista: Letras Libres |Articulo |15.08.2002