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Carlos Monsivás - El vigor de la agonía: La ciudad de México en los albores del siglo XXI (I)

Epicéntrica y sonora, cada vez más tolerante, la ciudad que describe  Monsiváis es difícil, o imposible, de fijar: cambia y se mueve demasiado como para capturarla en una instantánea. Sin embargo, la postal que nos brinda basta para conocer sus señas particulares, su chiste, su modo impar. 

Identificación a manera de pórtico

— Es la ciudad más grande del mundo.
— Esta ciudad ya tocó su techo histórico.
— Aquí ni siquiera dan ganas de rezar. Ni el Señor distingue entre tanta gente.
— Soñé que iba solo en un vagón de Metro, y nadie empujaba, ni me vendían nada, ni contaban estupideces. Desperté angustiadísimo de la pesadilla.
— La ciudad crece en dirección opuesta a la autoestima de sus habitantes.
— Dos horas en ir del trabajo a mi casa y no fue el peor embotellamiento que me ha tocado. Con razón ya perdimos el hábito de la prisa.
— Hay tanta gente que ya se acabaron los rostros familiares. - Coro de lugares comunes que se consideran "vivencias"

En los últimos veinte años, para poner una fecha, las transformaciones de la ciudad de México han sido tantas y tan extraordinarias que muchas incluso pasan inadvertidas. Así, con y sin paradojas, proceden las costumbres en épocas sin movilidad social.

Sitiada por las novedades, la ciudad adopta ritmos distintos de libertades, de aperturas, de madurez crítica; por eso, adelantándose a la lentitud y la torpeza de los gobiernos y los partidos políticos, obliga a los cambios a través de la persistencia.

¿Es acaso posible fijar el vértigo? El que se proponga fijar con precisión las transformaciones, irá siempre a la zaga. Esto parecería inexacto si, por ejemplo, se observa el discurso de la sexología, la franqueza antes inconcebible en el cine, el teatro y las publicaciones, las novedades en televisión (cable), etcétera. Sin embargo, todavía lo que se vive es distinto al modo en que se le valora en público. En tanto armazón declarativo, la sociedad va detrás de su propio desarrollo, y esto explica en las encuestas a la mayoría que se declara "virtuosa a la antigua" y a los que se ofenden por "la falta de respeto a la tradición", sin reconocer lo obvio: si se observa la suma de sus acciones, la ciudad de México es ya postradicional. No en todo, sí en muchísimo (por sociedad postradicional entiendo la que no ajusta sus procedimientos cotidianos a lo que se espera en obediencia a su trayectoria, sino a lo que determinan las exigencias duales, las de la modernidad crítica y las de la sobrevivencia).

I. La ciudad del centro histórico

El pasado remodelado es el porvenir turístico

En el primero de sus días, la Nación estaba desordenada y todavía disponía de espacio, pero —continúa la fábula o el acta notarial— el Centro de la ciudad de México ya era y ya existía, y en su honor se crearon los Alrededores y se diseñaron los Sitios Lejanos (si hay un Centro, agréguese a la Periferia y la lontananza), y todos convinieron en un punto: el Centro lo era no por su ubicación sino por su dogma orgánico: lo central no depende de la existencia de lo secundario, es autónomo o no es nada. Y ni siquiera la globalización afecta este dogma de los orígenes.

Antes del adjetivo Histórico, al Centro lo determinó la conjunción de poderes: allí se hallaban el Palacio Nacional, el recinto del mando y la fuente de la identidad civil; la Catedral Metropolitana, el recinto de las creencias y la fuente primera de la identidad religiosa y del arte virreinal; la alcaldía o el Departamento Central, la sede del gobierno capitalino y de la burocracia que aspiraba a disolverse en la eternidad... y, presidiéndolo todo, la Plaza Mayor, la Plaza de la Constitución o el Zócalo, el ágora de los paseos y las concentraciones políticas, el espacio simbólico y muy real de donde las multitudes han salido regularmente a fundar el resto de la ciudad y del valle del Anáhuac, con sus colonias, unidades habitacionales y ciudades-dormitorio.

Las formas y los contenidos del Centro Histórico —religiosos, ancestrales, culturales, emotivos y a fin de cuentas democráticos o comunitarios— son, junto a las leyes y una selección crítica de la historia, las tradiciones y las costumbres, el patrimonio nacional por excelencia. Al país lo ha definido la zona a fin de cuentas minúscula donde hasta cierto año casi todo ha sucedido o casi todo se ha bosquejado, la entronización de la fe, la creación de obras maestras, las rebeliones, las apoteosis de caudillos y líderes, el desfile de los revolucionarios con fusiles y cananas, las tomas de posesión de los Presidentes, el desenvolvimiento del comercio, la floración de los escenarios libidinosos (el sexo antes y después de los sermones), los tedeums, las reuniones literarias, la convivencia de la Respetabilidad y de la Ausencia de Respetabilidad, las marchas del infinito de las causas y protestas, las insurrecciones y resurrecciones del pueblo. Si algo ha caracterizado históricamente a la capital ha sido el Centro, eje conspicuo del desmadre y el orden, de las tradiciones y las innovaciones, de la metamorfosis de lo viejo y lo nuevo en un microcosmos sin edad.

A eso añádanse instituciones mayores o menores, notorias o inadvertidas, el Monte de Piedad o casa de empeños, los juzgados, las librerías de viejo. A lo largo de casi todo el siglo, durante el día el Centro se colmaba de funcionarios y abogados, y en la noche de prostitutas y de los mismos próceres del derecho que festejaban en las cantinas victorias o derrotas en el manejo de los expedientes. El Centro no se rigió por proyectos específicos; fue, por naturaleza, el territorio donde lo moderno arraigaba como podía, entre el tumulto de cantinas, puestos de periódicos, tacos de canasta, policías insomnes, vendedores tan polvosos como sus mercancías, empleados que alargaban la comida porque no tenían ganas de regresar al trabajo.

Nadie puede inspirar lo que tú inspiras...

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Quiero volar … - Dibujo personal

Durante las siete primeras décadas del siglo XX, la capital dispone de El Centro, así nomás. Y ni la deserción de los ambiciosos (que inauguran las zonas privilegiadas o se incrustan en ellas), ni la proletarización extrema de los alrededores del Zócalo, despojan al Centro de su cualidad básica: representar lo conocido hasta hace poco como México, la acumulación de épocas históricas, el territorio libre de la diversidad visible o reprimida. Y esta definición de México es muy parcial pero no es inexacta, porque en la historia cultural y social de la ciudad, y hasta cierto momento, lo resonante solía ocurrir en el "perímetro jovial" de escuelas universitarias, oficinas públicas, cafés de chinos, mercados, tiendas de ropa, tiendas de mayoreo y al menudeo, restaurantes, fondas, templos coloniales, palacios, academias, con provincianos que ni a sí mismos se confesaban su carencia de sueños políticos, prostitutas que se asomaban a la calle y dejaban que la calle se prolongase en ellas, con rentas congeladas, cabarets organizados como archivos generales del melodrama, librerías de primera y de segunda, comercios a la antigua, vecindades donde se vislumbraba la tragedia a través del cúmulo de desgracias, calles que eran en sí mismas museografías, consultorios de enfermedades venéreas y de las otras, edificios tan lúgubres que prestigiaban por contraste el aspecto de sus inquilinos... El Centro, definición voluntaria e involuntaria de lo capitalino, almacén de las nostalgias prematuras y póstumas, depósito vivencial del país centralista.

"Me di cuenta que había envejecido cuando no pude elegir entre los motivos del llanto"

En el Centro, las costumbres han persistido porque sus practicantes todavía no desocupan el cuarto, y la así llamada sordidez suele explicarse por los vínculos entre naturaleza humana y presupuesto familiar. En el Centro, nada ha sido suficientemente viejo ni convincentemente nuevo, y la noción de aventura de sus visitantes depende de lo que pasó la noche anterior en el antro, y el sentido de arraigo de sus habitantes se arregla según el deterioro de las viviendas que son en sí mismas proyecto de fuga. En el Centro se dio, antes que en ningún otro sitio, el canje del nacionalismo por el folclor urbano, y allí la densidad histórica es tan extrema que, cosa rara en la ciudad cuyo principio regenerativo es el arrasamiento, son demasiados los sitios y las edificaciones que se conservan y remiten a su origen, no por manía evocativa, sino porque cada casa vieja es la memoria de todas las ruinas habitadas, cada edificio colonial es la suma de la belleza preservada y las calles desbordan fantasmas (a ellos también los asaltan).

En el Centro, los obispos bendicen y maldicen simultáneamente a su grey. Allí, en 1830, el liberal Ignacio Ramírez declara que "Dios no existe", y en 1873 el poeta Manuel Acuña se suicida a los 24 años con cianuro, y a fines del siglo XIX los flâneurs ajenos a Baudelaire y Walter Benjamin exhiben la energía de su indolencia, y en 1930 o 1940 los poetas de vanguardia, tras alabar el surrealismo y a Eliot, se van a bailar danzón. Allí padecen los personajes de las novelas, y allí se escriben o leen por vez primera los grandes poemas. Y en el Centro han coincidido inexorablemente la piedad y la blasfemia, el poder y la falta de poder. Allí, las situaciones, las personas y las tendencias sociales anochecen realidad y amanecen símbolo, y a la inversa. ¿Para qué seguir? Más que país de una sola ciudad, México ha sido hasta hace muy poco el país de un solo Centro.

¿En qué momento El Centro dejó de serlo de manera axiomática? Muy probablemente al percibir el presidente Miguel Alemán (1946-1952) que la universidad moderna del país moderno requiere de un campus, de árboles, de estudiantes redefinidos por el espacio, de edificios nuevos como debuts del conocimiento, y de explanadas de aspecto progresivamente norteamericano, es decir, según los criterios de la época, de aspecto cosmopolita. Y más que las colonias residenciales y los enclaves de la voluntad de ascenso, la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México negó con petulancia el significado del Centro, y éste, al no albergar todos los símbolos, se fue congelando. Algunos dirán que el proceso empezó cuando don Lázaro Cárdenas instaló la residencia presidencial en Los Pinos (1934), o al extenderse por doquier la ciudad, pero eso apenas repercute, porque la sede del poder seguía siendo Palacio Nacional, y, en cambio, la emigración a Ciudad Universitaria cortó de tajo la educación primordial de las generaciones a cargo del Centro. De allí en adelante, en el territorio del Pedregal, los estudiantes se olvidarían del peso físico de la tradición para asumirla, si tal es el caso, selectivamente.

En la década de 1970 se introducen dos grandes novedades: el Metro, que masifica el Centro sin modernizarlo, y el adjetivo Histórico, que legaliza el prestigio inmóvil de la zona (ya no el eje de la energía sino de la recordación), presiona por iglesias y plazas remodeladas, fomenta de manera creciente el turismo interno, cambia el recuerdo lírico de las tradiciones por las tesis de grado, y cede el paso a la saludable variedad de recuperaciones, rescates y defensas que se enfrentan a la prisa especulativa, tan indiferente a la belleza. Y ya con la aureola de la victoria frente al tiempo, el Centro Histórico contempla, ampliado, el paisaje de siempre: los vendedores ambulantes, los desempleados, la procesión burocrática que ni empieza ni termina, y los espectáculos de la fe y la militancia. Los sociólogos y los antropólogos colonizan las vecindades, los arqueólogos descubren los tesoros del Templo Mayor, y al cabo de contrastes y desbordamientos, el Centro Histórico es tal vez el modelo clásico de los alcances y las limitaciones de la nación.

¡Ah, el avizoramiento de la estética oculta en lo ruinoso! Nunca agotaremos la belleza de templos, edificios virreinales y neoclásicos, paisajes inesperados, casas que nunca habíamos contemplado por más que por allí pasáramos, variedades de la luz en el atardecer. ¿Y cómo impedir la sentencia que a la letra dice: el peor castigo de quienes abandonan, desconocen y desprecian las hazañas de otras generaciones es habitar sin tregua en una casa o un departamento que parecen arreglados por escenógrafos de telenovelas?

Desaparecen la credulidad y la vocación de asombro, premisa del goce de las ciudades. Al cabo de hazañas y demoliciones, el Centro o Centro Histórico ni se deja modernizar ni admite el envejecimiento. Desde sus contrastes y en su desbordamiento, desde la inseguridad y la falta de mantenimiento, sigue siendo el sentido de orientación de la nación que, para muchísimos, ya perdió la brújula  ■

Dejame un postit! | Correo *** | Revista: Letras Libres |Articulo |15.08.2002