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Dos textos sobre España

Gracias a la valiosa colaboración del rumanófilo español Joaquín Garrigós, publicamos este informe sobre algunos aspectos de la literatura rumana que, a nuestro entender, siendo “periférica” es tan importante como algunas de las “metropolitanas”. Bastaría con los nombres de Eliade, Cioran y Noica para documentar la presencia rumana en el desarrollo del pensamiento europeo. Eminescu, Blaga, Barbu y Arghezi son fundamentales en el campo de la poesía romántica y moderna; Brancusi inaugura la escultura contemporánea; Caragiale, Ionesco y Sebastian, cada uno a su manera, influyen en el teatro moderno, mientras que Sadoveanu, Creanga, Rebreanu, Istrati, Camil y César Petrescu aportaron mucho a los distintos movimientos de la narrativa europea. Eliade describe muy bien la situación rumana frente al eurocentrismo metropolitano: “A nosotros se nos exigen enormes esfuerzos mentales para convencer a un extranjero de que somos inteligentes y de que hemos leído a Proust...” Para anular ese absurdo ninguneo aquí están Eliade, Sebastian, Elena Popescu y Denisa Comanescu. Nuestros lectores se acercarán a dos ensayos en los cuales aparecen Ortega y Gasset, Unamuno, D´Ors y Corpus Barga; a una reseña de Garrigós sobre una novela de Sebastian y a la gran poesía de dos mujeres excepcionales. El fondo es de violines alucinantes de Transilvania, de iglesias pintadas de Moldavia, de doinas campesinas y de hermosas voces que pronuncian las declinaciones del rumano, lengua latina viva en la eterna Dacia. - Mas sobre la literatura rumana: Periodico: Jornada Semanal 09.03.2003

Una personalidad de saber enciclopédico como Mircea Eliade no podía dejar de fijarse en la cultura española. Siendo todavía estudiante publicó abundantes trabajos sobre algunas de sus figuras relevantes como Blasco Ibáñez, Menéndez y Pelayo, Bonilla San Martín, etcétera. Pero sus auténticas referencias culturales fueron sin duda Miguel de Unamuno, Eugenio d’Ors y José Ortega y Gasset. Puede decirse que fue él quien divulgó en Rumania la obra ensayística del rector de Salamanca, por quien profesó una admiración sin límites, y sus diarios son testigos de las frecuentes lecturas de los ensayos unamunianos, en la edición de Aguilar, y las reflexiones que le produjeron. A Ortega y a D’Ors llegó a conocerlos personalmente y a frecuentar su trato. Incluso proyectó traducir al rumano la obra de D’Ors pero la forzosa expatriación de Eliade al acabar la guerra frustró la idea. Una muestra de esa admiración es el artículo En España y en Rumania incluido en este número.

La carta a Corpus Barga es el grito desgarrador de una cultura que no se considera ni mejor ni peor que otra, pero que no quiere permanecer muda. Decía Emil Cioran que los pueblos que se expresan en una lengua provinciana están condenados al anonimato. Y no le falta razón. Eso impide que Mihail Eminescu sea una referencia obligada en el romanticismo europeo y que, todo lo más, se reduzca a un nombre más en la letra pequeña de las enciclopedias literarias. Y que los únicos escritores rumanos conocidos sean los que cambiaron de lengua, como Eugéne Ionesco, Tristan Tzara, Paul Celan, Vintila Horia, Panait Istrati o el mismo Cioran. A Eliade el amor a las raíces le hizo escribir literatura sólo en rumano y eso tiene un costo.

Pero, tristemente, los lamentos de Eliade en esta carta de 1936 y que, desgraciadamente, nunca pudo leer Corpus Barga, todavía tienen actualidad. Pueden contarse con los dedos de la mano los autores rumanos que han aparecido en español y el propio Eliade lo ha hecho con décadas de retraso. Y el panorama no parece muy alentador por la tendencia cada vez más acusada a hacer de la cultura una mercancía que prima los valores del mercado, la cuenta de resultados, sobre la calidad literaria.

Decididamente, como dice Eliade, todavía hay culturas que no se han beneficiado mucho de la invención de la imprenta.

Joaquin Garrigós - Carta abierta al señor Corpus Barga

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Mircea Eliade
Foto: Periodico Jornada Semanal

No sé, querido Maestro, en qué ciudad europea leerá estas líneas. Ni siquiera sé si las leerá alguna vez. Las impresiones que ha recogido de nuestro país, por halagadoras que sean para nosotros, pronto no serán más que recuerdos. En una Europa nueva y revolucionaria difícilmente pueden cimentarse relaciones entre dos culturas, sólo en recuerdos.

Le escribo esta carta, sin embargo, para atenuar en su memoria un lamentable detalle del que hay que culpar a quien esto escribe.

Tuvo usted la bondad, querido Maestro, de testimoniar a sus amigos rumanos que, además de a otros jóvenes escritores, deseaba conocerme a mí. Confío en haber sido el único que rehusó, con decisión y tristeza, ese honor. Créame, no me resultó nada fácil rehusar tantas y tan insistentes invitaciones. Pensaba, sobre todo, que usted es un distinguido huésped de nuestro país y que esa terquedad mía podría ser considerada como una grave descortesía. Pero estaba decidido a enviarle la presente carta y he soportado, en silencio, todas las reprimendas.

Por supuesto, si sólo se hubiese tratado de una simple excusa personal, me habría apresurado a enviarle unas líneas a la legación de España durante su misma estancia en Bucarest. Su larga y generosa visita a Rumania fue, no obstante (al menos para mí), una nueva ocasión de constatar el desastroso destino del escritor rumano. Voy a hablar muy poco de mí, querido señor Corpus Barga, pero me siento obligado a empezar conmigo.

Soy escritor, o sea un hombre para quien "el mundo interior" existe. Creo, por consiguiente, que el mejor medio para conocer a un escritor es leer sus libros. Para escribir esos libros, tanto el resto de mis colegas como yo, hemos renunciado a muchas cosas agradables y a algunas alegrías fundamentales. Nunca lamentaré las tertulias y veladas en las que no he estado, las películas que no he visto o los libros que no he leído, pero también yacen en el fondo de mi alma las tristezas de tantas primaveras de las que he huido, también me duelen las amistades que he perdido o que no he potenciado, sufro especialmente por todos los hombres que han pasado por mi lado y a los que no he conocido ni querido lo bastante. He renunciado a todo eso, mi querido señor Corpus Barga, porque el gusanillo de la creación consigue vencer casi siempre la más encarnizada resistencia. He renunciado consolándome con una esperanza: la de comunicarme a través de mis libros con los hombres cuya amistad he sacrificado; que a través de esos libros estoy recomponiendo mi familia espiritual; que, en cualquier caso, la escritura me expresa, me conserva y me resume. Como cualquier hombre, como cualquier escritor, yo también he tenido determinadas experiencias que me permiten tener una concreta conciencia teórica de la existencia. Esa conciencia teórica, buena o mala, se refleja en mis libros.

Evidentemente, no incurro en el error de creer que se encuentre en esos libros lo mejor de mí mismo, mi lado más humano y personal. Sin embargo, reconozco que ellos contienen todo lo que es transmisible en mi existencia y en mi conciencia; que en ellos he comunicado sentimientos y juicios que, en conjunto, conforman un todo orgánico que estoy dispuesto a comentar y a rectificar en una conversación inteligente (como la que habría tenido con usted) pero que no puedo resumir.

He aquí, querido señor Corpus Barga, por qué rehusé serle presentado, al igual que, por otro lado, he rehusado conocer a todos los escritores e intelectuales extranjeros que visitaron en los últimos años nuestro país. Además del ritual ridículo de las recepciones, me horrorizaba el trágico destino de la mayoría de los escritores rumanos: su total aislamiento respecto al público europeo. Habría sufrido viendo a Camil Petrescu explicar su concepción sobre la misión histórica del intelectual. Habría sufrido viendo cómo se presenta a Tudor Arghezi como a un gran escritor y al más importante de nuestros poetas contemporáneos, y todo ello sin que usted pudiera penetrar más allá de esos nombres, de esos rostros, de esas conversaciones; sin que, siquiera durante una hora, tuviera usted la impresión de hallarse en presencia de unos grandes escritores. No sé si El bosque de los ahorcados tuvo algún eco en Europa después de que se tradujo al francés1 . Pero estoy seguro de que todo escritor europeo podrá darse cuenta de la grandeza de Liviu Rebreanu, de su arte, de su modo de sentir el mundo, leyendo esa traducción. El papel de las traducciones, por otra parte, no es sólo el de imponer un valor nacional más allá de las fronteras. Las traducciones también tienen a veces una misión más modesta: la de poder comunicarse uno personalmente con un escritor extranjero al que conoce; de poder "resumirse", si las circunstancias lo exigen, en condiciones superiores a las de una conversación. No se les puede decir a todos los hombres que conocemos cuáles son nuestras creencias, cuál es nuestra visión del mundo, qué concepto tenemos del arte, qué técnica utilizamos. Pero si les ofrecemos un libro nuestro en una lengua europea, lo apreciarán por sí solos aunque se trate de una traducción más o menos aproximada.

Lo que resulta deprimente en el destino del escritor rumano es, en primer término, el esfuerzo mental inútil que se le exige para comunicarse con alguien que viene de fuera de nuestras fronteras.

El escritor rumano vive todavía en la Edad Media, antes del descubrimiento de la imprenta. No puede comunicarse con sus colegas europeos más que oralmente, o a través de manuscritos. A nosotros se nos exigen enormes esfuerzos mentales para convencer a un extranjero de que somos inteligentes y de que hemos leído a Proust, cuando sería tan sencillo ofrecerles uno de nuestros libros y luego, a partir de ahí, ponernos a discutir...

Contra este destino de la mayoría de los escritores rumanos, querido Maestro, se podría luchar; podría llegar un día en que ya no nos viéramos obligados a conversar en una lengua que no es la nuestra, en que no nos viéramos obligados a resumirnos y a decir, por ejemplo, a un huésped como usted que Fulano es un gran poeta, Mengano un buen novelista y Zutano dramaturgo. Podría llegar ese día... Evidentemente, sólo si nuestro servicio de propaganda supiera lo que hay que hacer, en primer lugar por la dignidad del escritor rumano y, en segundo lugar, por la gloria del país. Pero sobre esas desgracias nuestras prefiero no hablar. Llevamos mucho tiempo luchando contra las autoridades culturales rumanas y los resultados puede que incluso los conozca también usted. Probablemente le habrán ofrecido a usted un álbum con fotografías de Rumania, y quizás un breviario de historia de Rumania en francés. Esa es, más o menos, toda nuestra dote cultural que puede cruzar las fronteras.

Pero no solamente estas miserias locales levantan murallas entre los escritores rumanos y sus colegas europeos. Espero que no se enfade, querido Maestro, si le recuerdo que en nuestra querida España no se ha traducido a ningún autor rumano. Nosotros, mal que bien, nos hemos honrado traduciendo a unos cuantos escritores españoles y Niebla, de Unamuno, incluso ha gozado de un merecidísimo éxito de librería. Pero, evidentemente, esa no es la razón por la que estamos tan aislados del resto de los escritores europeos.

Nos habría bastado y nos habría contentado el que, al menos, existieran traducciones francesas. Los editores franceses (que venden el diez por ciento de su producción anual en Rumania) no quieren arriesgarse con los escritores rumanos. Los editores franceses hace mucho que traicionaron la misión espiritual y cultural de Francia. Pues la misión de Francia era dar unidad a la cultura europea, hacer accesibles los valores y la sensibilidad de las culturas menores. El que aprende la lengua francesa, una lengua europea, no lo hace sólo para poder penetrar con ella en los hoteles y salones de Belgrado, Bucarest y Varsovia, sino también en la literatura de los respectivos países. Hoy, en francés, sólo se pueden leer traducciones del inglés. Por supuesto, las novelas inglesas son buenas y se venden. Pero la misión espiritual de una cultura de la grandeza de Francia no puede reducirse solamente a conseguir éxitos seguros de librería. ¿O no será que, en realidad, Francia está renunciando a su primacía, está renunciando a seguir asumiendo por nosotros los riesgos y la gloria de ser la única sucesora del Imperio romano?

Reciba, querido Maestro, el testimonio de mi estima y admiración.

Mircea Eliade - Publicado en el diario Vremea, Bucarest, 14 de junio de 1936. Traducción del rumano de Joaquín Garrigós

En España y en Rumania

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Ortega y Gasset
Foto: Periodico Jornada Semanal

El libro recientemente aparecido Ensayos españoles, del profesor José Ortega y Gasset, deberían leerlo todos los que se han planteado el problema de la originalidad y viabilidad de la cultura de un país pequeño. Allí se encuentran bastantes observaciones sobre el ruralismo y el urbanismo, sobre la falta de una elite en la vida espiritual y política de España, cuestiones todas que nos podrían interesar a nosotros también. Habría que leer y meditar con mucha atención su ensayo tan sugestivamente titulado La España invertebrada, pues puede servir para hacer interesantes análisis sobre la estructura de nuestro Estado.

Pero no tenía pensado escribir ahora sobre este libro de ensayos españoles, sino sobre la extraña semejanza de método, inquietudes e inspiración de los mayores ensayistas españoles contemporáneos: Unamuno, Eugenio d’Ors y Ortega y Gasset. Semejanza que no me parece desprovista de sentido. Al contrario, demuestra una vez más la eficiencia del pensamiento de estos tres grandes españoles y justifica el lugar que ocupan en la cultura europea.

Verdaderamente es extraño que estos tres ensayistas se valgan de unos materiales netamente distintos de los que utilizan los otros ensayistas contemporáneos. Unamuno recoge un sinfín de citas de los místicos, del Quijote y de los nórdicos. Eugenio d’Ors y Ortega hacen continuas referencias al arte español (sobre todo a Goya) o citan trabajos de biología organicista (jamás, por lo que yo he podido constatar, de biología mecanicista), libros de filosofía de la cultura (de una especie poco conocida entre los ensayistas continentales, por ejemplo, del nuevo concepto de la geografía, de la experiencia visual, del barroco, etcétera), en fin, fuentes que apenas se encuentran en la obra del resto de los ensayistas contemporáneos, los cuales siguen acudiendo a las autoridades de siempre (Montaigne y Pascal en Francia, Goethe y Nietzsche en Alemania) que mantienen intactas.

Los ensayistas españoles dominan una cultura mucho mayor y más nueva, y desarrollan un pensamiento más audaz y más plástico. El paisaje natural y el paisaje plástico son una constante en las páginas de Eugenio d’Ors y de Ortega. Podría suponerse que estos pensadores no pueden materializar su visión ni pueden explicar la comprensión de un fenómeno, o incluso la comprensión total de la vida, si no es pensando en formas, colores u objetos plásticos. De ahí, esos admirables análisis de d’Ors y de Ortega, análisis de pintores, de museos y de "elementos" (fondos, colores, expresión de los ojos, etcétera); de ahí, esa continua referencia a la geografía, al "medio". En la Weltanschaung de estos dos pensadores se intuye la colaboración de todas las fuerzas del entendimiento, desde la intuición telúrica de la configuración geográfica a la intuición refinada de las últimas expresiones del arte. Su pensamiento y su intuición están en permanente contacto con todas las realidades. Se siente que estos hombres gozan del paisaje y aman las flores de forma distinta al resto de los intelectuales europeos. La palabra "orgánico" para ellos es algo más que un simple vocablo. Realmente, su pensamiento bebe en todas las fuentes, es un pensamiento vivo y flexible y, por ende, sorprendentemente sugestivo y audaz.

Pero la semejanza entre los ensayistas españoles no acaba aquí. Cada uno de ellos ha elegido un mito central a cuyo través juzga el mundo y la vida y hace interpretaciones y vaticinios. Unamuno, creo que es ocioso decirlo, jamás abandona a don Quijote, leyenda que para él es tan viva como la pasión del Gólgota. Ortega y Gasset ha encontrado a don Juan que, al igual que la Gioconda, encarna la esencia de la feminidad, es la imagen más completa y viva de la virilidad. Y en torno a esa leyenda apócrifa, el profesor Ortega y Gasset no se recata de escribir páginas de sesuda reflexión e impetuosa fantasía. Eugenio d’Ors no ha escogido una leyenda, un personaje de la geografía espiritual de España en torno al cual comentar la actualidad y comprender el mundo. Pero sí conserva los tipos: Goya, Colón o Isabel y Fernando; contando su vida y analizando su obra, el núcleo de su pensamiento discurre por las mismas vías que sus otros dos compatriotas. (¿Qué son las reflexiones sobre Goya, Isabel o el barroco sino un pendant a los comentarios de Unamuno sobre don Quijote, la agonía o la paradoja, y a los de Ortega sobre don Juan, el feudalismo o el ruralismo?)

Sin querer, al concluir estas sumarias líneas sobre el ensayo español, pienso en la cultura rumana y en nuestros ensayistas. La diferencia salta a la vista. Todos los ensayistas rumanos acuden a las mismas fuentes que se utilizan en París, Roma o Berlín. No hay el menor intento de autonomía ni de originalidad en la búsqueda de materiales ni de audacia a la hora de interpretarlos. Hace siete u ocho años estaban de moda la mística la escolástica. Los ensayistas rumanos leían y comentaban la bibliografía alemana reciente. En sus trabajos se encuentran las mismas autoridades que en los de un aficionado en cualquier capital del mundo. No han aportado nada propio, no han impuesto ninguna autoridad.

Tenemos la leyenda de La cordera o la de Maese Manole que, si bien no son únicamente rumanas, son tan nuestras y su mito central es tan rico en significados, que sería preciso, y podría resultar revelador, estudiarlas. Sin embargo, ninguno de nuestros pensadores y ensayistas de altura les ha prestado atención. ¡Qué hermoso "Comentario a la leyenda de Maese Manole" podría escribirse! ¡Qué hermosa historia de la filosofía de la cultura rumana podría escribirse desde La cordera a Vasile Pârvan! Sin embargo, las revistas están llenas ahora, en pleno verano, de debates en torno a la nada. El único problema filosófico que no ha sido intuido por los rumanos, el más extraño a nuestro pueblo - Publicado en Bucarest, Cuvântul, 21 de agosto de 1933. Traducción del rumano de Joaquín Garrigós ■

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